El tango llora a otro de sus maestros

EL BANDONEÓN MAGISTRAL DE LEOPOLDO FEDERICO Y, DETRÁS, SU AMAESTRADOR, UNO DE LOS GRANDES MÚSICOS DE LA HISTORIA DEL TANGO QUE SE DIO EL GUSTO DE TOCAR CON TODOS LOS MAESTROS

Siete décadas arriba de los escenarios: Leopoldo Federico venía tocando ininterrumpidamente desde la década del 40, un viaje que lo llevó a integrar las orquestas de tango de Astor Piazzolla, Horacio Salgán y Mariano Mores, entre otros, pero, en un año fatídico para la música nacional y a sólo una semana de la partida de otro gran maestro, Horacio Ferrer, el último gran bandoneonista de los días dorados decidió interpretar su tango final.

Con 87 años y tras dejar una profunda huella en la música ciudadana, Federico falleció a las 5.15 de esta madrugada en el Sanatorio de la Trinidad, del barrio de Palermo. Sus restos fueron velados anoche, en el Salón Juan Domingo Perón de la Legislatura porteña, informó la Asociación Argentina de Intérpretes, de la que era presidente (ver aparte).

El emblemático músico de tango, también compositor, había nacido en el barrio de Balvanera el 12 de enero de 1924 y realizado sus primeros estudios musicales con el profesor Nicolás Ingratta, tras lo cual fue discípulo de Paquito Requena y Félix Lipesker.

Debutó como profesional a principios de los 40 con la típica Di Adamo-Flores en el Tabarís y otros cabarets, en los que se lució en los conjuntos de Toto D’Amario y Juan Carlos Cobián (1942).

Antes de cumplir los 30, Federico fue convocado por Piazzolla para reemplazar a Roberto Pansera en el Octeto Buenos Aires, hasta que en 1959 grabó su primer disco solista: con Piazzolla tuvo profundos desencuentros, y también un encuentro profundo que lo marcó: “Tocá y apretá a fondo: si te equivocás, que se oiga de aquí a La Quiaca, pero no toqués para adentro porque tengas temor”, le dijo Astor a un joven Federico, quien “a partir de ese momento aprendí a tocar de frente, a jugarme la vida como lo hacía él”.

AÑOS CON SOSA

En los 50 integró brevemente el conjunto Pa’ que Bailen los Muchachos, en el que una de las guitarras era de Ubaldo De Lío, y formó una orquesta junto a Atilio Stampone, con la que actuó en el cabaret Tibidabo y en Radio Belgrano, y otra con Osvaldo Berlinghieri. Pero su auge se produjo al acompañar al cantor Julio Sosa (1959) hasta su trágica muerte en 1964.

Con el oriental grabó más de 60 títulos para el sello CBS Columbia, con éxitos masivos como “La cumparsita”, en la versión de Celedonio Esteban Flores”, “El firulete”, “Cambalache”, “Mano a mano, “En esta tarde gris” y “Qué me van a habar de amor”. Allí lució un sonido tan diáfano como la voz del cantor, no sólo funcional como acompañante, sino que encontró un equilibrio entre el tango tradicional y ciertas formas de la vanguardia que no fue advertido en aquel tiempo sino muchos años después. La muerte de Sosa fue un grave golpe para Federico.

LOS ULTIMOS COMPARES

En 1970 fue solista de la suite “Siete variaciones para bandoneón y orquesta sinfónica”, de Juan José Ramos, pieza con la que viajó a nuestra ciudad para su estreno, que tuvo lugar en el viejo Teatro Argentino de La Plata, su primer gran suceso tras la muerte de su compañero. Y siguió tocando, como siempre, mientras alrededor sus maestros y amigos decían adiós. Siguió tocando siempre, para vivir, incluso en los últimos años, donde su salud ya se encontraba deteriorada: ”Parece que Dios me dice te voy a arruinar todo el cuerpo pero las manos te las dejo. Tengo colocado un marcapasos, problemas en la espalda, y diabetes. Tengo las vértebras soldadas y una rodilla que duele, tendría que haberme colocado una prótesis y mandar al diablo mi rodilla. Con mi edad no quiero ir a un quirófano. Decidí terminar mis días sufriendo así. Quisiera tener la felicidad de hacer todo sin tanto esfuerzo y toda la energía ponerla en la música y no soportar dolores pero es imposible. Vivo dolorido todo el día”, dio en 2012.

Dos años más tarde, la salud le ganaba a las ganas. Pero, por supuesto, la leyenda vencerá también a la muerte: porque Federico ya era parte de la historia grande del tango. El mismo así lo reconocía, con humildad: “Tengo la suerte de que nunca me faltó trabajo, las cosas más lindas me han tocado hacerlas, he tocado con los más grandes. Más no hice porque no pude”.

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